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Ruido, mucho ruido. No se podía esperar menos. Como siempre, en un árido mes de agosto en el que es más normal que las noticias de la NBA lleguen desde el portal TMZ y hablen de líos de faldas, todo lo que conocíamos y amábamos voló por los aires. En un movimiento sin precedentes por la magnitud de las dos principales figuras implicadas, el General Manager de los Celtics removió los cimientos de Boston. Sí, Danny Ainge ha vuelto a dejarnos con la boca abierta.

 

Desde ya, el traspaso entre los Cleveland Cavaliers y la franquicia del trébol es uno de los más importantes de la historia reciente del baloncesto. No es para menos. Kyrie Irving, uno de los mejores bases de la liga, cumplía su deseo de abandonar la sombra de LeBron y ponía rumbo a Massachusetts a cambio de lo que muchos consideran excesivo. El rostro distintivo de los Celtics contemporáneos era el doloroso precio a pagar. La marcha de Isaiah Thomas es algo que duele y dolerá por mucho tiempo, pero desgraciadamente aún había más que sacrificar. Jae Crowder y Ante Zizic también se convertirán en nuevos enemigos en los Cavs, aunque lo que no esperábamos es la entrega del último y preciado pick procedente de los Brooklyn Nets. Lo echaremos de menos.


 

En estos tiempos que corren en que las redes sociales te permiten comprobar de forma instantánea cómo la gente despotrica a diestro y siniestro, pude maravillarme con la recepción tan negativa que tuvo el gigante traspaso. Ainge pasó de héroe a villano en unas pocas horas, y poco faltó (si realmente no se hizo) para que quemaran fotos suyas por el rito vudú. De veras que lo entiendo, y ante de que la sección de comentarios se llene de merecidos insultos a mi persona, dejaré las cosas claras. En su lugar (ojalá), yo no habría firmado semejante movimiento. Eso es una cosa. Que lo entiendo perfectamente y no me desagrada es otra. En los últimos años de seguimiento activo a los Celtics, si algo he aprendido es a no criticar la labor de nuestro General Manager.

Mi primera experiencia negativa, y supongo que la de muchos, llegó en el verano de 2014. De golpe y plumazo, Ainge se deshizo del que todavía es mi ídolo baloncestístico y seguramente la razón principal por la que tengo el gusto de formar parte de Despacho Celtics, Paul Pierce, y al no mucho menos admirado Kevin Garnett por lo que podemos considerar un pack premium. Gerald Wallace, Kris Karda…, digo Humphries, Marshon Brooks, Keith Bogans y Kris Joseph. Repóquer de ases. Como era lógico, el bueno de Danny no sufrió ninguna lesión cerebral e incluyó en el trato algo maravilloso por lo que seguramente tuvo que acudir al hospital. La insuficiencia respiratoria tras su ataque de risa no fue moco de pavo. Ahora podemos afirmar sin ningún miedo que este traspaso es uno de los mejores de la historia, pero por aquel entonces Ainge salía de casa con un par de guardaespaldas.

 

 

Deshacerse de los dos mayores ídolos de la franquicia en los últimos veinte años es impopular, pero no podemos negar su efectividad. Todos odiamos, maldijimos, y deseamos que aquel señor que presentaba con una sonrisa a esa cuadrilla de elementos no fuera el jefe de nuestra equipo favorito. Todos sabemos los réditos que los Celtics han obtenido mediante este movimiento. Hasta la flamante llegada de Kyrie Irving viene de aquel doloroso momento. Por primera vez, Ainge se convirtió en el malo de la película, aunque no tardó por ponerse manos a las obra y recuperar el cariño de los aficionados. Despachando jugadores al mismo ritmo que Homer Simpson excluía amigos de su hijo Bart, los Celtics iban cogiendo forma. No sabíamos de qué, pero la cogían.

Los que tenían a Ainge como un perro desalmado encontraron más motivos aún para demostrar su tesis. Horas después de declarar intransferible al último reducto de los Celtics campeones, la noticia de la marcha de Rajon Rondo rumbo a Dallas hundió todavía más el romanticismo que todos albergábamos. El General Manager soltó a uno de los mejores bases de los últimos tiempos a cambio de Brandan Wright, Jameer Nelson, y un tal Jae Crowder. De lo que parecía un trío insulso para seguir perdiendo partidos con una sonrisa en los labios, se obtuvo a una de las piezas clave en la reconstrucción express de la franquicia de Boston. Sí, esa que también pone el rumbo a Cleveland para traer a Irving. Que quieren que les diga, yo quiero que el jefe de mi equipo no tenga corazón, y más visto lo visto.

 

 

Con una aceptación por los suelos y la sombra de un tanque constantemente a sus espaldas, poco a poco Ainge se fue quitando la etiqueta de villano y con su fiel hidalgo Brad Stevens haciendo milagros con la plantilla ha llegado a convertirse en uno de los directivos mejor valorados de la liga. En un equipo que necesitaba fervientemente un líder carismático, la llegada de Isaiah Thomas a cambio de una bolsa de pipas, un chicle mascado, y el cromo de Paulinho (segunda visita al hospital para Danny) fue la chispa que encendió una mecha que no ha parado hasta estos días. El ascenso de los Celtics fue imparable hasta las últimas Finales de Conferencia, pero este hombre al que creo recordar que muchos tildaban de cobarde nunca esta satisfecho. De un buen roster, Boston solo mantendrá cuatro jugadores respecto al curso pasado. Se dice que todos tienen las maletas hechas en la puerta por si acaso.

Horford, Hayward y dos promesas como Brown y Tatum procedentes del atraco en Brooklyn ya avalaban la labor de Ainge, y la suma de todo un Kyrie Irving no hace más que subir la nota. El reciente éxito se nos ha subido a la cabeza, y no debemos olvidar dónde estaban estos Celtics no hace tanto tiempo. Tampoco podemos no admitir que el riesgo en un traspaso de estas características es altísimo, y más cuando parecía que el equipo tenía todos los automatismos y la química para dar otro salto más. Reforzar a un rival directo es también poco recomendable. Puede gustar más o menos, y seguro que es doloroso, pero las razones para apretar el botón rojo son innegables.

Al fin y al cabo, hasta la próxima lotería del Draft tras la temporada no podremos calificar debidamente un movimiento de una magnitud tan grandiosa. Yo desde luego no me atrevería a hacerlo. Danny Ainge ha tomado un riesgo tremendo; un brindis al sol que le podría colocar entre los más grandes de la historia, o hundirlo hasta una inevitable dimisión. El General Manager de los Celtics apuesta fuerte como lo haría su maestro Red Auerbach, y después de años saliéndose con la suya y cerrando bocas, yo estoy encantado de darle un merecido voto de confianza.

 

Foto: Keith Allison (CC).

 

 

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