En el número Amazing Spider-Man #10 (1964), se descubre que uno de los empleados del Daily Bugle – para aquellos que hayan tenido una adolescencia medianamente exitosa, fumando y comiendo pipas en el parque con los amigos y pegasen de collejas a todo aquel que osase tener un cómic entre sus manos: este es el nombre del periódico en el que trabajaba Peter Parker aka Spider-Man – era un líder criminal.

Es en este momento en el que J. Jonah Jameson, su director, que se había pasado meses odiando al pseudoarácnido, tiene una suerte de catarsis y, repasando su trabajo los últimos meses, se percata de que todo lo que ha hecho en su vida ha tenido una sola motivación y un mismo objetivo: ganar dinero. Jamás ha emprendido una sola actividad en su vida que tuviera un fin desinteresado.

Y claro, esto choca de manera frontal con lo que hace el bueno de Peter Parker cada vez que se pone el mono de trabajo, cuando se convierte en un justiciero que antepone todos sus intereses, personales, económicos y físicos, por lo que él entiende un bien mayor: ayudar a todo aquel que lo necesite.

De esta manera, finalmente Jameson entiende que no odia a Spider-Man por ninguna de las narrativas, tan tendenciosas como falsas, que ha vertido sobre el friki del disfraz, sino que lo que no soporta es que este sea algo que jamás en su puta vida podrá ser: un héroe.

Pues bien, algo parecido a esto es lo que pasa con todos aquellos aficionados y, sobre todo, periodistas que, a lo largo de los últimos meses, parecen tener una sola idea en la cabeza: no reconocer absolutamente nada de lo que han conseguido hasta el momento los Boston Celtics.

 

Sobre el periodismo, los pozos y el agua corriente

Antes de convertir esta entrada en una suerte de injurias y ultrajes a una profesión que, precisamente por el respeto que le profeso, no puedo despreciar más, hay que aclarar que todo lo que a continuación voy a exponer no es culpa suya.

En un mundo en el que Google, robando hasta un 90 % de todo el mercado de publicidad que hay en internet y generando un infierno algorítmico que ha cambiado la manera de escribir de ya una generación y media, ha acabado con todo atisbo de calidad en un contenido escrito que sólo puede sobrevivir a base de titulares engañosos y lo más llamativos posibles.

Por su parte, la televisión y la radio han encontrado, por primera vez en su historia, rivales en un mercado en el que formaban duopolio invencible: el acceso a información y entretenimiento sin levantar el culo del sillón. La aparición de internet, pero sobre todo su acceso a la palma de tu mano con los smartphones, ha hecho que nosotros, seres humanos, veamos casi como tediosa la labor de encender esos aparatos y sentarnos en un sillón; y como poco menos que una violación de nuestros derechos más básicos el tener que tragarnos los malditos anuncios. Ofreciendo como resultado un contexto en el que el periodismo deportivo, o lo que queda de él, necesita llamar la atención para sobrevivir.

Hasta hace no tanto tiempo, cuando sólo se podía encontrar agua potable en los pozos, estos eran un elemento vertebrador e imprescindible de cualquier comunidad que se precie, necesitando todos de acudir a ellos en búsqueda de ese elemento esencial para la vida. Sin embargo, la llegada del agua corriente a las casas hizo que los pozos perdieran todo su atractivo y razón de ser. Sí, algunos por su belleza y simbolismo siguieron presentes en pueblos y ciudades, mientras que otros sobrevivieron gracias a leyendas y supersticiones que hablaban sobre cómo lanzando una moneda allí podrías ver tus deseos cumplidos.

De la misma manera, desde su misma aparición hasta hace casi tres décadas, radios y televisiones no necesitaban hacer nada por captar tu atención; eras tú el que acudías sediento a ellos. Pero con la llegada de los smartphones y las redes sociales, quién coño necesita acudir a ellos cuando puede tener toda la información del mundo en la palma de su mano.

Y ese es el punto en el que nos encontramos. Algunas figuras individuales (ya ningún medio) siguen vigentes por su valor simbólico o belleza al ejercer su oficio, pero son los menos. La mayoría de los que conocemos son engendros que necesitan de un gran adorno narrativo en torno a ellos para que no sean sustituidos por una plaza de parking.

 

Los Boston Celtics y el método científico

Una realidad en la que Boston es un páramo yermo. Pese a que la zona de Nueva Inglaterra fue cuna del nacimiento de la civilización más cateta que jamás ha habitado este planeta: unos peregrinos que antes de empezar el genocidio de todos los nativos americanos, comenzaron por señalar como bruja merecedora de la hoguera a toda persona que supiera contar sin usar los dedos, los Celtics se erigen como los defensores últimos del método científico. Siendo muy poco amigos de lanzar monedas a pozo alguno esperando algún favor.

Ya desde tiempos de Danny Ainge (dios le tenga en su gloria), de las oficinas del TD Garden no salía ni media filtración que sirviera a los bufones para entretener a su público – famoso es el caso en el que la única predicción de draft fallada por Adrian Wojnarowski fuese una de Boston en 2018. Una dinámica que no ha cambiado nada con la llegada de Brad Stevens al cargo.

Mientras que en otros lugares se puede seguir cada rumor sobre traspasos, firmas o elecciones casi de manera inmediata, en Boston todo lo que ocurre lo sabemos sólo cuando se cierra el acuerdo. Sí, obvio, toda organización tiene filtraciones y tratos la prensa afín, pero los Celtics siempre se han negado a entrar en el juego de este señor y cuantos vinieron por detrás.

Además, desde la salida de Kyrie Irving y la posterior de Ime Udoka, estamos ante el equipo más aburrido desde los San Antonio Spurs de principios de siglo. Empezando por sus estrellas, Jayson Tatum y Jaylen Brown. El primero cuenta con un carisma y facilidad de palabra comparables a los de un cura de pueblo con el que también comparte el hecho de que sólo le puedes ver o ejerciendo su oficio o jugando con un niño. Por su parte, el segundo, si bien parece tener más inquietudes que el baloncesto o su familia, también es cierto que rara vez proporciona más jugo a prensa y aficionados que algún post medio reivindicativo en redes sociales.

Quizás el único el salirse de este páramo del entretenimiento que son los Boston Celtics es su entrenador, Joe Mazzulla… aunque este cuenta con el problema de que sólo se sale del molde para mostrar un continuo, y ciertamente injusto, desprecio hacia la prensa.

El resultado es una franquicia que no genera ningún titular jugoso per se que, para colmo, este año ha dejado atrás una de las características que los ha definido desde sus inicios: la irregularidad. Firmando una temporada en la que llegados a junio han demostrado ser, simple y llanamente, el mejor equipo de la NBA tras sólo perder 20 partidos entre Regular Season y Playoffs.

Es decir, los Boston Celtics son un equipo competente y profesional, que se dedica a hacer su trabajo de la mejor manera posible e irse a su puta casa a descansar. Algo que prensa y aficionados, como ese J. Jonah Jameson que odia Spider-Man por ser algo a lo que él nunca podría ni aspirar, simplemente no pueden soportar.