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Uno de los casos más curiosos que nos hemos encontrado en esta última temporada ha sido el de Terry Rozier. Acostumbrados a que el alocado reserva de los Boston Celtics saliese al campo para revolucionar los partidos con la segunda unidad, tuvimos que aceptar que, tras innumerables lesiones, fuese él quien comandase a un equipo cojo en unos Playoffs que pintaban cortos. El base aceptó el reto, y si bien no se bajó de esa montaña rusa de regularidad que puede que no lo abandone nunca, finalizó la postemporada dejando un buen sabor de boca, superando obstáculos, como ha hecho toda su vida.


 

Terry William Rozier, hijo de Terry Rozier Sr. y de Gina Tucker, nació el 17 de marzo de 1994 en Youngstown, Ohio, en un barrio conflictivo, peligroso, viva imagen de una ciudad en la que no te podías encontrar seguro; de aquellas que te atrapan en una vorágine de oscuridad de la que es muy complicado salir, a menos que te saquen a la fuerza.

Gina Tucker tenía 19 años cuando tuvo a Rozier con un amigo de su infancia. El segundo de sus tres hijos con tres hombres diferentes (uno fue asesinado, y los otros dos acabaron en la cárcel). De estos dos últimos, el padre de Rozier, entró a prisión un solo mes después del nacimiento de su hijo.

Siendo Terry un niño hiperactivo, no podías imaginártelo de otra forma, criarlo sola no fue una tarea fácil para Gina Tucker, que además de procurar su seguridad, debía aguantar a un chiquillo que no paraba quieto ni comiendo.

“Podía iluminar mi día”, decía Tucker. “Pero al mismo tiempo me hacía llorar, porque no podía con él, me abrumaba, me arrollaba”.

Terry era un niño. Trepaba muros y lanzaba rocas a otras casas, pero también buscaba las armas de fuego que su madre guardaba en casa para protegerse. Solamente quería jugar, pero el agujero negro en el que se encontraba parecía no tener salida.

“Cuando digo que vi escopetas y pistolas en mi casa significa que las he visto”, decía Rozier. “Fue con lo que crecí. Y era demasiado nervioso, podría haberme pasado cualquier cosa”.

La madre de Tucker, Amanda, le pidió varias veces que mandase a Terry a su casa, en el suburbio de Cleveland Shaker Heights. Un lugar no mucho mejor, pero con oportunidades, con cierta esperanza de mejora que en ningún caso ofrecía su lugar de nacimiento.

Gina era reticente a dejar marchar a otro de sus hijos, su hija mayor, la cual sufre una parálisis cerebral, ya vivía con su madre, pero cuando el pequeño Terry llegó del jardín de infancia diciendo que su profesor le había dado una bofetada, supo que era el momento de terminar con esta situación.

“Me di cuenta de que debía sacarlo de Youngstown”, dijo ella.

Terry era muy pequeño para entender lo que estaba pasando, para comprender todo lo que estaba en juego y lo peligroso que era para él quedarse con su madre. No entendía que había hecho mal para que su padre nunca estuviese, y ahora simplemente no aceptaba que su madre lo echase.

Toda su rabia fue a parar a justamente quien menos se la merecía, su abuela. Amanda trató de calmarlo, de razonar con él, pero nada podía parar a ese jovencito.

La mayoría de las noches Terry dormía en la gran bolsa de lona en la que guardaba su ropa, esperando infructuosamente a que en cualquier momento su madre volviese y pudiesen irse juntos a casa. Gina intentó en vano que su hijo regresase con ella, pero el barrio no había cambiado, las balas amenizaban sus noches y la toxicidad que se respiraba no auguraba nada bueno.

La salida de prisión de su padre cuando Terry tenía 9 años parecía una luz al final de un largo túnel. Tucker soñaba con una figura paterna que domase el espíritu de su hijo, pero, tras 9 escasos meses, Terry Rozier Sr. acabó de nuevo con sus huesos entre rejas por su participación en un robo y secuestro en 2003. Uno de las personas que acompañó a Rozier Sr. ese 27 de julio terminó muerta debido a un incidente con una de las pistolas que portaban, y si bien la prisión supuso un escondite en que el padre podría evitar las represalias, su familia no correría tanta suerte.

“Amenazaron con matar a mi hijo”, decía Tucker. “Querían que su padre sintiese el mismo dolor que ellos sintieron. A veces eso puede sonar simplemente como una amenaza, pero en Youngstown, cuando alguien dice eso, más te vale saber que lo dice en serio”.

Sin perder el tiempo volvió a empaquetar las pocas pertenencias de su hijo, otorgó su custodia a su madre, y Rozier volvió a casa de su abuela. Un Rozier más crecido pensaba que era culpa de Amanda que él tuviese que dejar a su madre, y se lo hizo pagar. Gritaba, pegaba e insultaba sin descanso, tanto que la pobre señora tenía que tumbarlo en el suelo hasta que se calmara.

“No me importa lo mucho que me odies, te quiero, y no puedes hacerme nada que me haga mandarte de nuevo a Youngstown”, repetía una y otra vez Amanda. “Algún día te darás cuenta de lo mucho que te quiero”.

Tras pasar varias meses como una verdadera familia, o lo más cercano que había conocido el joven Terry, volver a la misma situación anterior fue un golpe demasiado duro. Reacciones violentas, destrozar mobiliario y pelearse en el colegio eran parte de su rutina diaria, la ira lo consumía.

“Podías ver el dolor en sus ojos cuando veía a otros niños jugando con sus padres”, decía Gina. “O si yo tenía novio, él buscaba tener una relación con él. Se notaba que anhelaba ese tipo de relación”.

“Otra gente tenía a sus padres alrededor”, dijo Rozier. “Yo solo quería que el mío saliera”.

No tardaría mucho tiempo en darse cuenta de que, por mucho que no le gustase, las decisiones que había tomado su madre eran las correctas.

Tenía 10 años cuando su abuela lo llevó de nuevo a Youngstown para pasar Acción de Gracias con su madre y sus hermanos. Su madre se encontraba en un bar con un primo cuando, tras una discusión, alguien los amenazó con tirotear su casa y lanzar cócteles Molotov por la noche, y en Youngstown ya sabemos que las amenazas se cumplen. Aterrorizada, llamó a su madre y le avisó de lo que podía pasar. Acto seguido Amanda cogió a todos sus nietos y se escondió en unas de las habitaciones de la parte de atrás de la casa, puso una barricada en la puerta y se escondieron debajo de la cama, llorando. 

No llegó a pasar nada, pero la situación impactó a Rozier tanto que, tras muchos años con su abuela, por primera vez, le dijo que la quería.

“En ese momento me di cuenta de que mi abuela solo quería lo mejor para mi”, dijo Rozier. “Me di cuenta de lo mucho que me quería y de que solo quería protegerme”.

De vuelta en Shaker Heights, el baloncesto dio a Rozier algo en lo que centrarse. Pasó de jugar en su casa con calcetines enrollados a ir todos los días a la cancha de la zona. Su abuela, mientras tanto, se sentaba en las gradas y vendía perritos calientes para sacar un dinero extra mientras veía a su nieto perseguir su sueño.

No levantaba más de 1.60, pero aceptaba su estatura, se vestía como Allen Iverson y se tiraba al suelo como si estuviese hecho de goma.

Danny Young, el entrenador de Shaker Heights, acudió un día a esa cancha en la que Rozier se dejaba la suela de las zapatillas, picado por las habladurías sobre un pequeño niño que podía anotar sobre cualquiera. No tardaría en reclutarlo.

Tras buenos partidos, se comprometió con la Universidad de Louisville, pero no obtuvo las notas suficientes y tuvo que matricularse en la Academia Militar Hargrave, por la que han pasado muchos jugadores NBA, como Mike Scott, Jordan Crawford, Marreese Speights o Montrezl Harrell.

 

 

Reglas, sacrificio y mucho control, algo que el joven Terry necesitaba, pero que le haría pasar muchos malos ratos. Cuenta que tras pillarle copiando en un examen, tuvo que marchar en uniforme por el campus cargando con un rifle durante 25 horas, castigo que le llevó varias días cumplir. Un día después de terminarlo, anotó 68 puntos.

“Hargrave me ayudó a madurar”, decía Rozier. “Me hizo crecer, y necesitaba eso”.

Por suerte Louisville seguía queriendo contar con él, y no desaprovechó la oportunidad.

Rozier se había convertido en un base explosivo de 1.87 que añadía una energía a los partidos que pocos podían alcanzar. Pero nadie iba a ver a los Cardinals por él. Los ojeadores acudían a ver a Russ Smith o Montrezl Harrell.

“Y se iban con un nombre nuevo en su lista”, decía el que fue asistente de los Cardinals Kevin Keatts. “Lo veíamos todos los días”.

Tras un gran verano y un buen año sophomore, Rozier decidió declararse elegible para el Draft, y en los workouts con los Boston Celtics no tuvo rival. 

“Tenemos un ejercicio en el que un ball handler tiene que driblar toda la pista contra dos defensores”, decía el co-propietario Steve Pagliuca. “Terry ha sido el único tipo al que he visto en 10 años haciéndolo como si los otros dos chicos no estuviesen ahí”. “También tenemos un ejercicio bastante duro que suele dejar a los jugadores rotos tras el primer intento, pero Rozier lo hizo tres veces seguidas”, comentaba Pagliuca.

Los Celtics querían a Rozier con su pick 28, pero un viejo conocido del equipo y entrenador de los Cardinals de cuyo nombre no quiero acordarme, les advirtió de que no llegaría tan lejos, y Danny Ainge no se la jugó.

Los Boston Celtics escogieron a Terry Rozier con su pick número 16 de primera ronda. Tras escuchar su nombre, Rozier protagonizó la icónica escena en la que salta con el traje puesto a la piscina, en una fiesta que a buen seguro no tuvo desperdicio.


Con los años la relación con su padre se ha fortalecido, Rozier Sr. abandonará la prisión este verano, y puede decir orgulloso que se ha convertido en una parte importante de la vida de su hijo.

Por su parte, Terry Rozier hijo ha completado el mejor año de su carrera aprovechando el hueco que las lesiones le concedieron.

“Cuando la oportunidad llama a tu puerta, tienes que contestar y aprovecharte”, decía Rozier. “Es lo que hecho toda mi vida”.

Esta la historia de un jovencito al que su madre tuvo que echar de su casa, la de un chico frustrado con su situación, el cual tuvo que entender por la fuerza lo que pasaba para, con esfuerzo, darle la vuelta y coger ese tren de salida que le ofrecía el baloncesto. Terry Rozier tiene por delante un año clave en su carrera profesional, afronta de nuevo una temporada con mucha gente por delante y pocos minutos disponibles, pero algo podemos tener claro, él va a estar preparado para cualquier reto que se le ponga por delante, sin miedo, con confianza, superando obstáculos, como ha hecho toda su vida.

 

Fuentes: Boston Globe, SB Nation, The Daily Orange.