“Los berserker eran guerreros vikingos que combatían semidesnudos, cubiertos de pieles. Entraban en combate bajo cierto trance de perfil psicótico, casi insensibles al dolor, fuertes como osos o toros, y llegaban a morder sus escudos y no había fuego ni acero que los detuviera. Se lanzaban al combate con furia ciega, incluso sin armadura ni protección alguna; hasta se ha testimoniado el caso de que se lanzaban al agua antes de tiempo desde un drakkar y se ahogaban sin que nada se pudiera hacer. Su sola presencia atemorizaba a sus enemigos e incluso a sus compañeros de batalla, pues en estado de trance no estaban en condiciones de distinguir aliados de enemigos.”

 

Marcus Smart es un berseker. Pocas cosas más claras he tenido en mi vida. Su manera de entender el baloncesto, descrita por él mismo como “jugar cada partido como si tu vida fuese a ser juzgada por esa actuación” le lleva a afrontar cada encuentro, cada balón dividido, como si fuera el último.

A todos nos gusta cuando las cabezas que arranca son las del enemigo, el equipo contrario. El día que gana un partido porque le roba dos cargas a James Harden todo twitter se llena de alabanzas hacia el base de los Boston Celtics, se habla de paternidad, se comentan de manera jocosa las declaraciones del escolta de los Houston Rockets en las que este rehuye abiertamente el hablar sobre Marcus Smart. Lo mismo pasa cuando cambia una serie de Playoffs solo con su entrada en pista, ¡joder, si es que se tiró a por un balón en su primera jugada!, ¡¡Por dios, que aterrizó sobre la misma mano que se rompió y operó, la que le apartó de las canchas durante todo este tiempo!!

Cómo mola ir a la batalla con un berseker al lado el día que se carga a enemigos de 2,16 mientras tú te tomas un Cola-Cao tranquilamente en casa.

El problema es que esta es un arma de doble filo. En la definición de berseker que abre este artículo se hace referencia a cómo sus propios compañeros de batalla temían a estas figuras porque había momentos, durante su trance, en el que no distinguían aliados de enemigos y sus hachas podrían acabar en tu cabeza a poco que te descuidases. Esas dos jugadas contra James Harden perfectamente podrían haber acabado con sendas faltas de Marcus Smart y las redes sociales se habrían llenado de entrenadores con múltiples anillos en sus vitrinas dogmatizando: ¿a quién coño se le ocurre? Hay que ser idiota, o no haber visto ni un partido de NBA en los últimos 5 años, para pensar que un árbitro de esta liga le iba a pitar una falta en ataque a James Harden. Es la facilidad de hablar a toro pasado, que se sabe perfectamente qué estocada habría que haber dado.

Es legítimo que no te guste Marcus Smart. Que su perfil no te haga sentir cómodo, que las victorias que consiguen los Boston Celtics gracias a su demencia no compense esas veces que deja al equipo colgado cuando más lo necesitan (el pasado sábado) o esa falta que regala en el clutch por ir pasado de vueltas (aún por registrar). Lo que no es legítimo en absoluto es idolatrar al guerrero loco el día que te da la batalla y llamarle puto psicópata el día que te afeita las barbas.

En mi caso, yo quiero un berseker a mi lado cada noche.