Empecemos con una confesión personal. No me gustan las películas de terror. No aprecio los sustos, me dan miedo y, en definitiva, ya bastante mal lo paso siendo del Atleti como para sufrir más tiempo delante del televisor. Si estáis pensando que soy un cobarde y un cagón, seguramente estéis en lo cierto. Aunque las siguientes líneas podrían ser un desglose de las razones de esta manía y un análisis de mi psique —sería más que interesante—, vamos a hablar de los Celtics y Gordon Hayward.

Aparte de la incomodidad con el género de terror, no entiendo estas dichosas películas. Vamos a ver, si pones unas cámaras en tu hogar y ves puertas cerrándose solas y movimientos de sábanas, ¿por qué razón no duermes a partir de la próxima noche directamente en otro país? Uy, mi hermano ha desaparecido y empiezo a ver un payaso asesino. Voy a comentárselo a mis amigos y, en vez de huir a toda velocidad, vamos a por él. Vaya, qué sala tan siniestra y oscura en esta mansión encantada. Entremos a ver qué pasa.

Lo siento, no lo comprendo. Si, Dios o la deidad que esté de guardia no lo quiera, me pasara algo de este estilo, esa misma noche tendría preparado todo el papeleo para pedir asilo en Nueva Zelanda. Puede quedarse con mis efectos personales, señor espíritu maligno. Esa sensación angustiosa se asemeja mucho a lo que siento cuando Hayward inicia una penetración hacia el aro, y todo eso aumenta cuando pisa la cancha de los Cleveland Cavaliers. ¡¡No entres ahí!!

Todo lo que ha acontecido en la carrera del ex de los Utah Jazz desde aquel fatídico Opening Day de hace ya dos años, ha supuesto una incógnita incesante acerca del rendimiento de un jugador por el que nadie apostaba mucho después de que su pie apuntara, cruelmente, hacia el lado donde no debía. Nadie podía dar su recuperación por sentada y mucho menos su vuelta a un nivel All-Star como el que alcanzó antes de enfundarse la camiseta de los Celtics.

Durante su vuelta a las canchas en la pasada temporada, Hayward no se acercó ni por asomo al nivel que le llevó a firmar un contrato multimillonario. Salvo contadas excepciones como la serie de Playoffs ante los Indiana Pacers, el alero dio muestras más que preocupantes sobre su estado físico cimentadas sobre todo por un terror atroz a la hora de exponer su físico en la zona. El miedo se apoderó de él.

Ahora, tras ese curso totalmente comprensible tras su gravísima lesión, Hayward afronta la campaña como una especie de ultimátum. Su futuro como hipotética estrella en los Celtics, y por ende en la NBA, depende de su nivel en una franquicia y con un entrenador que ponen todo de su parte para que el ex de los Jazz vuelva por sus fueros. Mientras se acerque ligeramente a lo que hizo ante los Cavs, la película tendrá final feliz.

De momento, Hayward ha interpretado el papel de personaje femenino estándar de ciertas películas de terror. Parecía que no iba a durar mucho, las apuestas no estaban con él, y sin saber muy bien cómo, ha ido sobreviviendo hasta el punto de poder convertirse en el héroe de la función. Sabemos que vamos a seguir sufriendo cada vez que entre a canasta, seguiremos escondiendo la cara tras las manos con cada salto en busca de un alley-oop, algún grito se nos escapará cuando caiga al suelo, pero de momento, esperemos que todos esos sustos nos dejen una sensación agradable.

 

Celtics-fest

 

Aunque en este punto podríamos tratar el tema de esa maravillosa costumbre de tener cuatro o cinco lesionados cada partido, vamos a actualizar aquello que calificamos como decepción la pasada semana. Aunque la temporada perfecta ya no es posible, la búsqueda por el más que posible 81-1 sigue bien viva. Los Boston Celtics encadenan cinco victorias de manera consecutiva ni más ni menos. Una cifra solo alcanzable por los equipos de Bill Russell, Larry Bird, y ahora de Daniel Theis. Cómo no lo vimos venir.

El pívot alemán se ha convertido en indiscutible en el esquema de Brad Stevens. Seguro que todos pensábamos que el teutón iba a ser el titular cuando aterrizó en Massachusetts hace dos años. Tanta es la importancia del bueno de Theis, que cuando apoya sus alemanas posaderas en el banquillo, los Celtics se convierten en la representación coral de cómo defendería un equipo con más de un Andrew Wiggins.

Lo pudimos ver ante los Knicks en el TD Garden. Sin el ex del Bamberg en pista, cada fallo de los neoyorquinos volvía a recaer en sus manos sin apenas esfuerzo. Confiar ciegamente en las habilidades de Theis no parecía el plan más interesante desde un principio, aunque la experiencia no está siendo para nada negativa. Tampoco está mal tener un poco de ayudita, claro.

 

 

La mandanga

 

Ni un mes llevamos de competición, y ya llevamos más sancionados por consumo de sustancias prohibidas que victorias de los New York Knicks. El dato sin duda salta a la vista, pero con la mano en el corazón no podemos decir que sea del todo sorprendente.

A las sanciones a DeAndre Ayton y Wilson Chandler de hace unos días, ahora se le une otro jugador que prometía volar alto. John Collins ha sido castigado también por la NBA debido al positivo por hormona de crecimiento que resultó de su último análisis. El jugador de los Hawks afirma no haberlo hecho a propósito, pero la reciente acumulación de casos crea una neblina sospechosa durante la temporada.

Ayton fue cazado por un diurético, y Chandler por una sustancia para mejorar su rendimiento. Afortunadamente, J.R. Smith no forma parte ya de ningún equipo de la liga por lo que, de momento, la marihuana no ha entrado en esta ecuación. Veremos en qué acaba todo esto. No obstante, parece que Adam Silver no quiere dejar a los chavales que camelen.