Con la cruz a cuestas mientras todo el mundo lo mira. Mezcla de ese jolgorio que surge del odio y la pena del descenso a los infiernos entre las reacciones. Llega al Calvario para recibir su castigo y ahí, con la cabeza gacha por la vergüenza y la derrota, escucha unas voces familiares. «Anímate, Danny. Ya sabes lo que dicen…», le comenta Brad Stevens en la cruz de al lado. Otras caras conocidas asienten y comienzan a entonar y silbar una melodía que alegra el corazón. Los Celtics ya miran hacia el lado bueno de las cosas.

El verano no ha comenzado de manera oficial y, visto lo visto, más vale que no lo haga. Después de que la temporada acabara hace tan solo unos días con la victoria del reino del norte, uno de los proyectos aspirantes al trono se ha derrumbado estrepitosamente. ¡Y todavía no ha terminado junio!

Kyrie Irving se va a ir por la puerta trasera sin ni siquiera hacer un amago de aviso, y Al Horford, aunque se irá por el portal principal y con honores prácticamente de estado, también abandonará la ciudad de Boston en busca del anillo que su trayectoria merece. Todo ello aderezado con el supuesto intento de traspaso frustrado por Anthony Davis que acabó con ‘La Ceja’ en La La Land. De todos los escenarios posibles para esta postemporada que recién arrancaba, los Celtics han acabado representando el peor de todos. ¿O no es tan malo como parece?

Realmente y sin leer mucho entre líneas, la salida de las dos mayores figuras de la franquicia y la momentánea vacante en el puesto de estrella no habla maravillas del futuro cercano para el equipo dirigido desde los despachos por Danny Ainge. Las aspiraciones al título se han esfumado más rápido que una cerveza en las manos de Marc Gasol y no hay visos de recuperar ese estatus ante rivales que con el paso de las fechas parecen más fuertes. Siendo honestos, sobre el papel Boston parece un equipo mediocre.

Ahora bien, ¿qué elección podía tener el General Manager de la franquicia? Si Ainge hubiera sacrificado piezas como Marcus Smart o uno de los Jays para traer a Davis a Massachusetts, el público se le habría echado encima por deshacerse del alma del equipo y de una o dos de las promesas más grandes del panorama NBA. Si tan solo Irving hubiera acabado renovando, las críticas llegarían por volver a confiar en el jugador que ha acabado finiquitando el proyecto. Si todo se va al garete y se confía en el núcleo joven, los Celtics tienen al peor GM de la historia.

Maniatado completamente por un jugador cuyas creencias terraplanistas no son lo peor de su cabeza, y otra figura rutilante que, por medio de su agente, ha hecho todo lo humanamente posible para jugar en los Lakers por lo civil o por lo criminal, Ainge se quedó sin margen de maniobra y vio como lo que debía ser su obra maestra se convirtió en un borrón en el currículum.

La reconstrucción de los Celtics ha quedado en nada después de lesiones descorazonadoras y mentes difusas. De ser el malvado genio con el que sus compañeros de oficio no querían ni descolgar el teléfono, a un hazmerreír para aquellos que vuelven al redil después de pasarse casi una década animando a otro equipo y otras almas descarriadas. Entre la espada y la pared, Ainge ha escogido un camino a priori poco atractivo, pero sin duda goloso.

 

Los Celtics y molar antes que ganar

 

Vale, lo sé. Es más bonito que a estas alturas de junio tu equipo esté levantando el trofeo Larry O’Brien  y al día siguiente paseé en un autobús descapotable por la ciudad entre hidalgo e hidalgo. Por suerte o por desgracia, ganar un título de la NBA es tremendamente complicado en lo que en muchas ocasiones no basta con tener buenos jugadores a tu servicio. Y ahí es donde entra una particular encrucijada.

Muy posiblemente, los Celtics habrían conseguido superar la oferta finalmente exitosa de los Lakers por Davis, y con ‘La Ceja’ en la plantilla, quizás Irving habría decidido renovar aunque solo fuera por una temporada para probar el asalto. Se ganarían muchos partidos, serían un candidato clarísimo al trofeo y, con un poco de suerte, se podrían agenciar un bonito anillo. Puesto así, no suena mal.

El problema es que el título no sería una recompensa segura, y visto lo visto desde que Davis dejara caer muy sutilmente que quería dejar New Orleans, es más que probable que tan solo se enfundara la elástica de los Celtics durante un año para recalar en los Lakers como agente libre. A todo esto, Kyrie también podría elegir un nuevo destino de la misma forma. Por último, pero no menos importante, imaginad todo el año de declaraciones de estos dos ejemplos de mesura a la hora de declarar.

En resumen, los Celtics se habrían quedado sin estrellas (lo mismo que pasa ahora) y, por si fuera poco, sin ninguna promesa que pudiera sostener el proyecto a partir de 2020. Todo por un alquiler de una temporada.

Contrario a su costumbre, Ainge se ha mostrado comedido a la hora de apretar el botón rojo y ha preferido confiar en sus chavales. Se ha quedado con su perro de presa, sus dos niños y ha acabado aceptando el divorcio a regañadientes con aquel por el que dejó todo hace dos veranos. Elegir a unos comprometidos Jayson Tatum y Jaylen Brown le ha parecido más sensato, y desarrollarlos con gran parte del peso del equipo sobre sus hombros  se ha convertido en el plan a seguir.

La pelota ha vuelto rebotando hasta el tejado del General Manager de los Celtics con una noche del Draft en la que seguro querrá ser protagonista de nuevo. El despecho y la desesperación también son factores muy a tener en cuenta para aquel que lo ha perdido todo, y otras franquicias querrán sacar tajada de ello. Hay traspasos que realizar, hueco para agentes libres y muchos picks con los que elegir o negociar.

Quizás, pelear por el quinto o sexto puesto de la Conferencia Este después de aspirar a lo más alto no invita al optimismo. No obstante, no hay que olvidar que las plantillas de los Celtics con las que más se ha disfrutado en la historia reciente tampoco fueron las más floridas. Gente que muera en la cancha, frente al yoísmo y a las seductoras luces de Hollywood. Perfil bajo y soñar, frente a aguantar divas, creer y caer. En definitiva, molar primero, ganar después.