Al igual que Johnny en la novela de Dalton Trumbo, los aficionados de los Boston Celtics hemos llegado a este mes de octubre reducidos a un torso viviente, aislados totalmente de la realidad. Tras haber visto cómo Brad Stevens ha traspasado en menos de dos meses a Marcus Smart y Robert Williams, nos encontramos sin extremidades, habla, vista, oído, gusto y olfato.

Y es que el deporte es una puta mierda. Un entretenimiento que consiste en volcar toda tu estabilidad emocional en el rendimiento de un grupo de personas, en el que la mayoría de ellas apenas han superado la adolescencia, sólo porque llevan una camiseta que te hizo gracia en algún momento entre el abandono del pañal y la aparición de las primeras pelusillas. Una forma de ocio cruel, en la que lo normal es sufrir, y sólo muy de vez en cuando te llevas una alegría en forma de victoria.

Es tan jodido el tema que, con el paso de los años, algunos aficionados hemos entendido que lo importante no es quién gana el último partido, sino cómo te lo has pasado a lo largo de los últimos doce meses siguiendo a tu equipo. Una evasión de la realidad que si bien hace más llevaderos los meses con erre, es especialmente jodida en primavera y verano cuando llegan las derrotas y las salidas de esos jugadores en torno a los que has creado narrativas, memes y, sobre todo, vínculos afectivos más estrechos que con algunos familiares.

En esta época del año, aquellos que lo leen todo en clave junio son felices. Esa gente que, cuando su equipo gana de 25 en diciembre a los máximos aspirante al título son incapaces de disfrutarlo porque «estos porcentajes son insostenibles de cara a Playoffs«, florecen en estas fechas como los capullos que son. Están encantados porque ven las derrotas como la demostración de que ellos tenían razón y los traspasos como el remedio que llevaban tanto tiempo solicitando.

Si además tienes la desgracia de que, sobre el papel, los traspasos son buenos; tampoco podrás gozar del desahogo de pasarte el día en twitter insultando al frontoffice por su total y completa incompetencia. Una desesperante manía que lleva arrastrando esta franquicia desde los tiempos de Danny Ainge; cuando te traspasaba al jugador más querido por estos lares desde la época de Paul Pierce y Kevin Garnett, pero tampoco es que te pudieras quejar porque a cambio traía un talento (y estulticia) generacional.

Así que, como ya hemos estado más veces en este punto, no vamos a molestarnos en hacer el mismo artículo lacrimógeno en el que hablamos sobre el fin de una era (dios te tenga en tu gloria, Weird Celtics Twitter), ni a gastar las dos neuronas que aún nos quedan encendidas en hacer similitudes entre tu equipo de baloncesto y una relación romántica. Por una vez, vamos a tratar de analizar el asunto de una manera seria, intentando vislumbrar qué puede haber pasado por la cabeza de Brad Stevens para que, ahora mismo, solo queden tres jugadores del roster que recibió hace dos años. Deja entrar a un vendedor de seguros en tu casa y acabarás escribiendo pólizas. Qué asco. Qué decadencia. Qué falta de imaginación, y qué todo.

¿Por qué nos odia Brad Stevens?

Quizás ver cómo Jayson Tatum se lesionaba en el séptimo partido de las finales de conferencia hizo que muchos se olvidasen de que estas habían empezado con un vergonzoso 0-3, pero no Brad Stevens. Mientras algunos proclamaban que solo la mala suerte nos había separado de nuestras segundas finales en dos años, el de Indiana entendía que esa serie era solo la culminación de unos Playoffs horrendos en los que tendrías que haberte paseado pero concediste dos partidos contra el equipo de un base que no es el menos efectivo de la historia de la NBA porque Jason Williams acabó su carrera con un 32 % en triples.

Una post-temporada en la que necesitaste el advenimiento de Jayson Tatum durante 5 cuartos consecutivos para ganar a un pívot MVP que juega los últimos cuartos de la misma manera que Rita Barberá gobernaba la ciudad de Valencia: fuera de forma, sudando, pegando pelotazos y sin asumir ninguna responsabilidad.

Una primavera en la que ese horror estético y ético que son los Miami Heat, traducción a un equipo de baloncesto de la personalidad de su General Manager, con un entrenador que es el mejor en su puesto pero que tiene que soportar que la absurda narrativa de «la cultura» le robe todos los méritos que merece porque nada en ese pantano puede brillar más que la gomina de Pat Riley, te plantó un 0-3 en toda tu cara.

Brad Stevens se hartó de que ese sexto hombre del año que fue su fichaje de relumbrón el pasado verano fuese incapaz de lanzar un alley-hoop a Robert Williams aunque su vida de pendiese de ello y en el momento que vio a Kristaps Porzingis en el mercado, envolvió a Malcom Brogdon con un lazo y lo mandó para los Clippers. Por desgracia, esta cuna de la incompetencia, ágora de la inutilidad, hermano pequeño al que le faltó aire al nacer, cementerio de la dignidad y cumbre del capital, fue incapaz de mandar un médico a tiempo. Y Brad, que ya estaba salivando por herrar al nuevo unicornio ahora que el primero había dado sus primeras muestras de debilidad en 37 años, dijo «pues que se lleven a Smart. Total, en ocho años no le vi nunca como un base«. Y se nos fue el alma, el corazón, y las ganas de vivir y todo.

Pero seguía con el mismo problema, el Sexto Hombre del Año. Que ahora, además, estaba cabreado. Tras su espectacular temporada no era capaz de comprender cómo le podían haber incluido en las conversaciones de traspaso, mucho menos iba a entender que Joe Mazzulla anunciase hace apenas un par de semanas que el base titular iba a ser el señor que jugó 82 partidos como 82 soles en ambos lados de la cancha el curso pasado.

Algo que se solucionaría, una vez más, pescando en aguas revueltas. Si el trade por Kristaps Porzingis sólo se pudo lograr gracias a la salida de Bradley Beal, el de Jrue Holiday se alcanzaría por las reclamaciones de otro Hall of Lame de estos que se creen más grandes que el equipo para el que juegan, sin pararse a pensar que quizás las franquicia no es más grande precisamente por la clase de jugadores ídem que tienen, Damian Lillard.

Y así, de dos movimientos, se ha quitado de encima al base en el que nunca confió, al que nunca debió traer y tres años de «si le respetan las lesiones«. También las opciones de draftear en primera ronda durante todo el segundo gobierno de Perro Santxe. Todo el mismo verano que firma a Jaylen Brown el contrato más alto de la historia.. hasta que el año que viene lo firme Jayson Tatum.

¿Son acertados los movimientos?

Alguien que ha visto partirse el tobillo de Gordon Hayward a los cinco minutos de comenzar la temporada jamás te va a decir que sí. Por un lado, en palabras de Danny Ainge «availability is the best ability» y Robert Williams solo ha estado más de 40 partidos seguidos sano una vez en cinco años. Sí, durante esos meses se convirtió en el eje central de una de las mejores defensas de la historia y su techo casi no se podía vislumbrar. Pero Joe Mazzulla nunca acabó de confiar en él, como tampoco lo hizo con Grant Williams, y en su haber tiene el argumento de haber arrancado como un tiro sin él la pasada temporada, y que su presencia no fue necesaria para llegar a las finales en 2022.

De Marcus Smart ya hablamos en su día y hemos repetido hoy que Brad Stevens fue más valedor suyo de palabra que de hecho. Cierto es que durante el curso pasado no alcanzó en ningún momento el nivel que le llevó a ser el primer base en ganar el DPOY desde Gary Payton, pero también que jugó con molestias todo el año… lo que no sé si es un atenuante o un motivo más para que Brad Stevens le dejase marchar.

Malcom Brogdon nunca debió venir, y menos si tenemos en cuenta hoy cómo encajaría de bien Daniel Theis en la actual plantilla.

Sobre lo que llega, pues sí, podría argumentarse que Kristaps Porzingis y Jrue Holiday son jugadores más completos en ambos lados de la cancha que Robert Williams y Marcus Smart y que encajan mejor con el equipo que parece estar montando Mazzulla alrededor de un Jayson Tatum al que va a dar más balón. Sí que se ha hablado mucho aquí y en otros sitios de las lesiones de TimeLord y Smart, pero el curriculo del letón es de sobra conocido por todo, y Jrue solo ha jugado más de 70 partidos en una ocasión los últimos diez años.

Hasta que no empiecen a jugar no veremos cómo está de abierta la ventana, pero echando un ojo a los salarios sí que parece ser mucho más estrecha que hace tres meses.