La gente suele entender francamente mal “(500) days of summer“. Piensan que la película va de una chica sin corazón que parte el ídem a un buenazo que habría escalado el Everest por ella. Pero la realidad es bien distinta.


 

Durante toda la gira de promoción de la película, tanto Marc Webber (su director y guionista) como sus protagonistas explicaron una y mil veces que el malo de la película es él.

Tom, el prota, es un pesado que sale durante ocho meses con una chica (Summer) que desde el principio le deja meridianamente claro que no está buscando, quiere ni cree en el amor verdadero. Pese a todo, cuando la relación acaba no se lo puede creer.

Tom no es muy listo.

Como si no se lo hubieran dicho desde el primer momento, los siguientes 240 días son una sucesión de lágrimas y preguntas absurdas que tienen como respuesta común aquello que le dieron la primera tarde. Pero lo peor llega cuando empieza a demonizar a alguien cuyo único pecado ha sido el de ser sincero.

Por si alguno de vosotros aún tiene dudas de por dónde van a ir los tiros: nosotros somos Tom y los Boston Celtics Summer.

La pre-temporada ya dejó sensaciones de lo que iba a ocurrir durante el resto del curso, y no estoy hablando de las derrotas contra los Charlotte Hornets, que también, sino de una semanas previas al training camp en la que los jugadores no paraban de hablar sobre dos cosas: el inmenso talento que tenía este equipo y de las ganas que tenían de que llegasen los Playoffs.

Hasta Jayson Tatum, un jugador que llevaba tanto tiempo en la NBA como afeitándose, hablaba de lo intrascendente que le parecían los 82 siguientes partidos. Siendo honestos con nosotros mismos, si en algún momento de los últimos 8 meses nos hemos decepcionado o cabreado con este equipo, la verdad es que es única y exclusivamente culpa nuestra. Ellos avisaron desde el primer de lo que estaba por venir.

 

Expectativas vs Realidad

 

Casi todos los análisis previos al pasado curso, y no estoy hablando solo de los realizados en esta santa casa, ponían a los Boston Celtics como claros favoritos a ganar la Conferencia Este y las únicas discrepancias eran sobre si conseguirían más de 60 victorias y mandar a más de dos jugadores al All Star Game.

Con los pasados Playoffs aún en el paladar, el imaginario colectivo pensaba en un quinteto demoledor, mezcla perfecta de juventud y veteranía; bien acompañado por una segunda unidad que casi se había metido en las Finales de la NBA 2018. Mucho talento, el genio de Brad Stevens y una profundidad de plantilla no vista en el Garden desde 1986, ¿que podría salir mal?

Básicamente todo.

Tras comenzar ganando a los Philadelphia 76ers, porque hasta los libros con los peores finales siempre empiezan con los aventureros tomando una cerveza en la posada, las primeras semanas de competición se tradujeron en un absoluto desastre bien reflejado en el 10-10 de récord que presentaba el equipo tras los primeros 20 partidos de competición.

Aunque la defensa estaba lejos de ser la de la temporada pasada, cuando se erigió como la mejor de la NBA, no resultaba tan vergonzosa como un ataque en el que nada parecía funcionar. Con un Gordon Hayward que apenas llevaba un mes entrenando con contacto, Jaylen Brown completamente perdido en el nuevo sistema ofensivo del equipo y Jayson Tatum aún influenciado por los consejos de la serpiente venenosa, solo dos jugadores en el mejor momento de sus respectivas carreras, Kyrie Irving y Marcus Morris, mantenían el barco a flote.

A raíz de un problema físico del alero de Atlanta, Brad Stevens se vio forzado – la única razón por la que ha realizado cambios en la rotación esta temporada han sido las lesiones, no se ha visto una sola idea original del técnico de Indiana – a introducir a Marcus Smart y Morris en el quinteto titular; lo que se tradujo en el mejor pasaje de juego y resultados en toda la temporada. Cobra Ky nacía y todo apuntaba a una temporada calcada a las anteriores: dubitativos hasta diciembre pero a velocidad de crucero tras el All star.

El problema es que el mar de tranquilidad resultó ser apenas un pequeño oasis.

Los aficionados de los Celtics hemos estado muy mal acostumbrados durante los últimos años. Desde que Paul Pierce superara la adolescencia allá por 2006, todos los vestuarios de Boston han sido ejemplares: limpiando la ropa sucia en casa y saliendo a la calle solo para gritar las cosas correctas. Todo acabaría este mes de diciembre cuando hemos tenido que vivir el año más ridículo desde el “Larry Bird isn´t walking through that door

El vestuario tocaría fondo tras un mes de declaraciones estúpidas por parte de su estrella y conciliadoras pero acarameladas hasta la arcada por parte de sus compañeros en la previa del partido contra los New York Knicks jugado en el Madison Square Garden el pasado mes de febrero. Esa rueda de prensa de Kyrie Irving servirá como arranque del 30 for 30 que está pidiendo a gritos este grupo humano.

Nada tendría sentido en Boston hasta la gira por el oeste que comenzaría con un (cómo no) cacareadísimo viaje de avión que devolvió el buen rollo al vestuario y traería un récord de 4-1 con victoria sobre Golden State incluida. Felicidad, besos, abrazos y ojo, que hasta la segunda plaza podría estar a tiro fueron las canciones favoritas de prensa y aficionados hasta que todo quedo enterrado en una racha de cuatro derrotas seguidas. Por perder se perdió hasta con los Sixers.

Al menos, esta victoria sirvió para que ya hasta los más optimistas se dieran cuenta de que este equipo no tenía ningún tipo de interés en jugar la Regular Season, que hasta el conseguir la cuarta plaza y el factor cancha en primera ronda contra los Indiana Pacers les es tan indiferente como para ganarles un viernes y perder el sábado contra Brooklyn.

¿Decepcionado por un récord de 48-33 (a falta de un partido) y una 4ª plaza del Este? Te aguantas, haber escuchado lo que te estaban diciendo y no lo que querías oír.

 

Líder mis cojones

 

Es imposible entender y explicar esta temporada 2018/2019 de los Boston Celtics sin pararnos a hablar de la figura de Kyrie Irving. Comentábamos medio serio, medio en broma durante nuestro último podcast cómo hemos estado durante cuatro años culpando a LeBron James por el andar errático, caótico y casi siempre desganado de sus Cleveland Cavaliers durante la Regular Season, y quizás hemos estado mirando hacia el lado equivocado durante todo este tiempo.

Este curso que termina para los Boston Celtics te lo habría firmado cualquier equipo de los Cleveland Cavaliers entre 2014 y 2017. Un autoproclamado líder que es incapaz de contar hasta tres sin quitarse las manoplas cada vez que le dejan solo delante del micrófono, rumores de que el vestuario se cae a pedazos, desidia ante los rivales medianos… ¡joder! Si hasta hemos tenido a un entrenador pusilánime ante su estrella y al mejor jugador americano blanco con cara de no querer vivir.

 

MVP

 

Los Ángeles Lakers de LeBron James. La única razón por la que esta Temporada Regular de los Boston Celtics ha sido medianamente soportable es porque a unos 10.000 kilómetros de distancia, el jugador que más nos ha quitado durante los últimos 10 años estaba haciendo trizas la franquicia a la que más felicidad hemos robado durante el último siglo.

Los Angeles Klutch Sports han sido un desahogo para todos los aficionados verdes no solo en el aspecto deportivo, donde el mejor jugador del planeta ha sido incapaz de mejorar el récord del equipo en comparación al del año pasado, sino que también en los despachos. El corte de mangas que los New Orleans Pelicans realizaron a LeBron James, Anthony Davis, Magic Johnson, Ramona Shelburne, Rich Paul y David Stern fue de una belleza tan inigualable que ni una eventual firma del center de Chicago podría igualar en felicidad a esos días de risa y memes.

Para ser justos, en este apartado debería ir un Kyrie Irving que ha realizado una temporada excepcional a nivel individual. La mejor de su carrera, y en ambos lados de la cancha. Sus números en ataque son simplemente absurdos en lo que a eficiencia se refiere, mientras que en el costado opuesto se ha destapado como un defensor más que correcto, llegando a liderar por momentos en robos, balones desviados y cargas tomadas, a un equipo que tiene a Marcus Smart y a Aron Baynes en sus filas.

Pero bueno, cuando más felices estábamos; con él callado, el equipo jugando el mejor baloncesto de la temporada y toda la NBA riéndose del ridículo anteriormente comentado, tuvo que llegar ese maldito partido en New York con sus inteligentísimas declaraciones.

 

Decepción

 

Brad Stevens. Si no recuerdo mal, y probablemente lo haga, en los cinco años que he estado haciendo este análisis de la temporada de los Boston Celtics, solo en la 2016/17 Brad Stevens no ha sido el elegido como MVP del equipo durante la misma. Su gran gestión de vestuarios complicadísimos, capacidad de sacar lo mejor de cada jugador en la plantilla y, en definitiva, el poner cada día sobre la pista el mejor equipo que ese grupo de jugadores podía llegar a ser, hacían de él la pieza más valiosa de cuantas ha conseguido apilar Danny Ainge a lo largo de esta reconstrucción.

Sin embargo, su actuación durante la mayor parte de la recién acabada temporada ha sido con diferencia la más decepcionante de todas. Ha naufragado en todas aquellas facetas en las que destacó en pasadas temporadas.

  • Su gestión del vestuario ha sido invisible, en ningún momento ha parecido estar al cargo de un grupo en el que todo el mundo declaraba en primera persona y en nombre del equipo. Aquí no nos gustan los sargentos chusqueros y tampoco le vamos a pedir a Brad Stevens que sea algo que no es, justamente el problema es que no ha sido él mismo – recordemos su respuesta a las declaraciones de Isaiah Thomas diciendo que no se podía experimentar con la rotación en el partido 70… lo que además nos lleva al siguiente punto.
  • Falta de ideas. Si en algo ha destacado Brad Stevens durante su carrera en la NBA ha sido por sus experimentos; retoques constantes en la alineación no solo en función del rival sino en búsqueda de la mejor combinación de jugadores. Este año, más allá del cambio que acabó con Jaylen Brown y Gordon Hayward en el banquillo en detrimento de Marcus Smart y Marcus Morris, respectivamente, ¿qué piezas ha tocado el entrenador de Indiana?
  • Inmovilismo. A un entrenador se le puede perdonar que fracase, pero no que no lo intente. ¿Dónde han estado esas salidas y entradas de jugadores en la rotación en función de su rendimiento? ¿Dónde el usar más o menos minutos a un jugador en función del rival y su estado de forma? Cada vez que Terry Rozier jugaba 8 minutos más que Jaylen Brown, o que subía el balón mientras Gordon Hayward esperaba en la esquina, cada vez que Robert Williams se quedaba sin salir a pista mientras un pívot rival hacía polvo a Daniel Theis o Gerschon Yabusele o cada día a partir de febrero en el que el tren jugaba más que Brad Wannamaker, habría pagado a cualquier precio, aunque fuese en sangre, el tener a mi entrenador de vuelta.

 

Revelación

 

Marcus Morris. Sí, su segunda mitad de la temporada ha sido francamente mejorable y volvió a esos hábitos que hacían de él un jugador que provocaba rechazo en muchos aficionados de los Boston Celtics incluso antes de vestirse la camiseta más laureada en la historia del deporte americano.

Pero no hay que olvidar que hasta el parón del All star fue seguramente el segundo jugador más regular de la plantilla dirigida por Brad Stevens. Eficiente en el tiro, reduciendo el número de malas decisiones tomadas por partido y siempre aguerrido en defensa, el jugador rindió a un muy buen nivel – el mejor de su carrera deportiva – tanto saliendo desde el banquillo como, sobre todo, saliendo como el titular.

Su inclusión en el quinteto en detrimento de Gordon Hayward no solo apuntaló la defensa de los Orgullosos Verdes sino que extendió una sensación de meritocracia en el vestuario y equilibró la rotación entera.

Aún así, y no olvidemos que estamos en el apartado de revelación, quizás donde más ha sorprendido Marcus Morris al seguidor de los Boston Celtics fue fuera de la cancha. Conocido por su marcado carácter, poco dado a las declaraciones complacientes y amigo de expresar lo primero que se le pasa por la cabeza, quizás influido por su reciente paternidad, el jugador ha sido una balsa de aceite. Siempre tranquilo, suyas son las declaraciones más sensatas que han salido de ese vestuario durante estos ocho meses – aunque esto no era algo precisamente complicado pese al elevado número de comparecencias que hubo.

En definitiva, durante esta temporada Marcus Morris ha sido el jugador que más ha sorprendido para bien tanto dentro como fuera de las pistas.

 

Este fin de semana, contra Indiana, veremos si toda esta parrafada se queda en susto o termina confirmando el miedo.