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Las despedidas son difíciles. No por mucho que sea algo predecible, el dolor se hará más llevadero. Con el paso de los días intentas hacerte a la idea de que ya no estará a tu lado en esas madrugadas en las que mientras todos duermen, tú estás plantado delante de una pantalla. No lo pueden entender. Estaba allí cuando todo el mundo decía ser de los Celtics con su camiseta de Garnett (muchos pensarían que era un base de raza blanca), también en el momento que el equipo de Boston se quedó árido cual desierto, y, cómo no, ahora que el sol vuelve a brillar en Massachusetts. Avery Bradley es como de la familia.

Desde que el mercado de agentes libres diera el pistoletazo de salida a primeros de mes, las buenas noticias se convirtieron en tónica habitual. La llegada de Gordon Hayward se esperaba como agua de mayo, aunque muy en el fondo sabíamos que habría que dejar una parte de nosotros por el camino. A Danny Ainge no le salían las cuentas, y por mucho que seguramente habría dado un riñón por mantener a Bradley en la plantilla, tuvo que apretar el botón. Los Celtics se deshacían del jugador que más tiempo llevaba enfundado en la elástica verde, y lo mandaban rumbo a Detroit a cambio de Marcus Morris.

Han sido siete años. Se dice pronto y más ojeando la historia reciente de la franquicia de Boston. Allá por el 2010, cuando los Celtics aún intentaban cicatrizar las heridas provocadas al perder el séptimo partido de las Finales ante los Lakers, llegó sin hacer ruido; algo que ha mantenido hasta el final de su etapa con los orgullosos verdes. No es fácil aterrizar en la NBA y entrar a un vestuario que regentaban Pierce, Garnett, Allen, Rondo, e incluso el recientemente firmado Shaquille O’Neal. Acató su rol, bajó la cabeza, y comenzó a trabajar para ganarse la confianza de Doc Rivers y sus flamantes compañeros.

La irrupción de Bradley

Tras sendos pasos por los Maine Red Claws y el Hapoel de Jerusalén durante el ‘lockout’, la carrera de Bradley dio un tremendo giro que casi nadie esperaba. En su temporada sophomore, acabó por sentar ni más ni menos que a todo un Ray Allen. Con 20 años, el natural del Estado de Washington era titular en un cuadro que luchaba de tú a tú frente a los Miami Heat de James, Wade y Bosh. Todo iba de perlas, hasta que una maldita lesión de hombro en Playoffs acabó con el curso de Bradley y con buena parte de las aspiraciones de Boston para pelear por el campeonato. Como siempre ha hecho ante sus desafortunados y habituales problemas físicos, volvió, pero poco pudo hacer con un equipo al que la gasolina (y más tras perder a Rondo por lesión) llevaba demasiado en la reserva. Los Celtics iban a decir adiós a una época dorada, pero de ahí nacen los héroes.

De codearse con lo mejorcito del baloncesto, Bradley tuvo que tragar un año nefasto. La llegada de Brad Stevens para liderar la reconstrucción ayudaba, pero el ver a los Bayless, Humphries, Wallace y compañía no dejaba de ser un trago amargo. Los Celtics se deslizaban por las alcantarillas de la NBA, pero nuestro ‘0’ seguía haciendo difícil la vida a los anotadores rivales, o por lo menos era el único que lo intentaba. Rondo acabó por bajarse del barco, y en esos tiempos oscuros, los ojos hinchados de Bradley eran el último resquicio de una época de mucha luz. El de Tacoma se merecía estar ahí cuando todo volviera a salir a flote.

Lo que se había convertido en un solar, pronto comenzó a coger forma. La llegada de Isaiah Thomas para llevar la manija dentro de la pista, y el buen hacer de Stevens fuera de ella, transformaron a los Celtics en un equipo a tener en cuenta. El proceso express de reconstrucción puso más gallos en el corral. Thomas, Crowder o Smart parecían llevar la voz cantante en el vestuario, pero desde la calma y el silencio, Bradley seguía con los galones. La experiencia es lo que tiene. Ahora le toca dejar paso a otros para llevar la nave a buen puerto. El escolta de Tacoma se lleva consigo sus virtudes rumbo a Detroit, y se hará raro no admirar su entrega sobre la cancha del TD Garden cada madrugada.

Por debajo del radar

Todo aficionado a los Celtics conoce a las mil maravillas todo lo bueno que ha dado Avery Bradley a la franquicia de Boston, pero desgraciadamente para él, es uno de los miembros más importantes del injusto grupo de infravalorados. No importa que el ya jugador de los Pistons se haya llevado las alabanzas de la gran mayoría de compañeros de profesión en los últimos tiempos. A la hora de ser premiado en el lugar que se merece a final de temporada, los votos para Bradley escasean. Ni las estrellas de la NBA, ni nosotros como fieles seguidores, entendemos el porqué. Tan solo en 2016 alcanzó un puesto en el primer quinteto defensivo de la liga. Sorprende.

La evolución de nuestro añorado ‘0’ a lo largo de sus años en Boston ha sido evidente y acentuada. Hablar de Avery Bradley dejó hace tiempo de ser algo monotemático. Sí, es uno de los mejores defensores de la liga, pero hay mucho más que echaremos de menos en cuanto la próxima campaña comience. Su tiro en suspensión ha evolucionado hasta a ser de lo más regular y positivo en la ofensiva de los Celtics recientemente. Bloqueo y lanzar. Bloqueo y lanzar. Bloqueo y lanzar. No por mucho que se repitiera la fórmula bajó su efectividad. ¿Cuántas veces ha anotado Bradley la primera canasta de Boston tras una pantalla? Clásicos que nos faltarán.

Incluso los puntos más débiles del escolta ex de la Universidad de Texas han ido desapareciendo (o al menos eran menos palpables) con el paso de los cursos. El triple fue poco a poco un arma cada vez más importante dentro de su arsenal. Lo que empezó siendo algo casi anecdótico es ahora una de sus principales bazas, y es que ese acierto del 36% desde la larga distancia habla por sí solo. Uno de sus pocos peros era la capacidad rebotadora, ¿y qué hizo el bueno de Avery? Convertirse en uno de los líderes del equipo en esta estadística (tampoco era muy complicado) en el último curso con seis rebotes por encuentro. Solo los problemas físicos nos han privado de un jugador aún más grande.

Dicen que el tiempo todo lo cura, y vamos a necesitar bastante para superar la pérdida de uno de los jugadores más queridos. No hay marcha atrás. Lo hecho, hecho está. Era algo irremediable, pero al menos tenemos la seguridad y la satisfacción que Avery Bradley ha dejado al equipo en buenas manos. Sorprendentemente por su juventud, Marcus Smart es ahora el que puede presumir de llevar más tiempo con los Celtics. Y decían que Danny Ainge no se movía. Solo queda dar las gracias a un jugador fundamental que entendió el concepto de sangrar verde desde el primer momento, y también desearle lo mejor en lo que está por llegar. Avery Bradley seguirá siendo siempre uno de los nuestros; nuestro fiel soldado.

 

Foto: Mark Runyon (CC).